jueves, 7 de febrero de 2008

Esta es la última carta que te escribo. Siempre digo lo mismo y nunca es verdad. Pero esta vez de verdad que es la última. No tengo respuestas, ¿porqué no me respondes? Quiero creer que no llegan pero lo más probable es que ni las leas al ver el remitente. Las he leído todas mil veces y en todas me doy cuenta de que te escribo lo mismo. No sé qué puedo hacer más para que todo vuelva a ser. Desde que cerraste la puerta de mi casa y te vi como te ibas en ese avión con ella no he podido dejar de llorar ni un solo día. Sé que ha pasado tiempo pero no consigo rehacer mi vida. Lo he intentado, conocer a otros hombres, pero ninguno es lo suficiente para mí. Ninguno me da lo que necesito, ninguno me hace reír como tú me hacías reír, ninguno me hace sentir escalofríos por mi cuerpo cuando me rodea la cintura con sus manos, en ninguna de sus caricias, ni ninguno de sus besos encuentro la paz y el fuego que encontraba en los tuyos y ninguna de sus presencias me da tanta seguridad como la daba la tuya. ¿Por qué acabó? ¿Qué pasó para que dejaras de sentir por mí?

Lo sé, sé que te dejé marchar. Sé que cuándo me dijiste que ya no sentías nada por mí y que todo lo que me habías dicho sentir ahora lo sentías por aquella mujer que conociste en aquel rodaje, aunque remarcaste que nada de lo que habías dicho era mentira, sé que te dije en aquel momento que hicieras lo que creyeras conveniente, que yo seguía enamorada y que entendería que te fueras con ella, en vez de seguir saliendo conmigo, por quien ya no quedaba nada. Sé que fui yo pero no puedo estar sin ti. Me cuesta respirar, y duele el tiempo, el aire, el espacio vacío, duele la oscuridad de este cuarto y aunque he cambiado de ciudad y de país todo sigue oliendo a ti. Vivo gracias a que conozco a amiga que me ha prestado su casa durante unos días, y estoy casi sin duro. No consigo vender la casa en la que vivimos durante esos cuatros años, no porque nadie la quiera sino porque no puedo deshacerme de nada que me recuerde a ti precisamente porque mientras que estuvimos nunca te comportaste como un cabrón conmigo. Te quiero. Cada beso me suena a ti, y cada lágrima que derraman mis ojos me dicen que no comprenden, que no entienden qué pasó para que se acabara. Yo intento responderles y lo único que se me ocurre decirles es que el tiempo juega buenas y malas pasadas, que nadie sabe su destino pero que hay que saberlo afrontar. Yo no sé cómo hacerlo, porque realmente no hicimos nada ninguno de los dos. Quedamos como amigos y por eso ahora no entiendo porqué no me coges el teléfono, ni porqué razón no me respondes a las cartas o a los cientos de mail que te he escrito durante estos años. Necesito saber algo de ti. Me conformo con un mensaje en el que me digas que estas bien, sólo eso. No sé qué te pasa. Lo siento, perdona, quizá sea que te agobie y te has cansando de recibir tanta carta de mí. Te lo prometo esta es la última. Dentro de un rato me iré, no sé a dónde, nadie me ha podido hablar de ese sitio con certeza.

Sólo eso, decirte que mis labios aún te pueden sentir, que mi cuerpo está helado y las sabanas son un océano de lágrimas, que no soy capaz de sonreír como antes y que me he cansado de estar quieta esperando en silencio, que me he debido de volver loca porque me parece oír tu voz, la misma que ayer me decía que me amaba.

Espero algún día verte allí donde voy.

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