jueves, 7 de febrero de 2008

Fin


Me he despertado esta mañana y he sentido la fría soledad de mi cama. Hacía tanto que no la sentía. No consigo acostumbrarme a que estés tan lejos y a que la única forma posible de contacto contigo sea por carta. Estas tan lejos. Lo entiendo, es tu trabajo. Pero es difícil no tenerte en mi cama, es difícil no sentir tus brazos rodeándome o tu cabeza echada sobre mi pecho y tus dedos paseando por mi torso desnudo acariciándome suavemente como sólo tú sabes. Es difícil no tenerte para que me relajes cuando estoy atacado de los nervios o cuando algo me preocupa. Es difícil dejar de sentirte aunque estés en África. Una simple sombra, el sonido del teléfono o el del telefonillo, que cuando me doy cuenta es tan absurdo, consiguen que mi corazón de un vuelvo creyendo que eres tú. Pero no, vuelvo a caer en la realidad y me doy cuenta de lo imposible que es que seas tú quien esté al otro lado del cable, y más aún que estés ahí abajo esperando que te abra la puerta. He pasado tantos días ya sin ti, que no sé como voy a pasar el resto del año. Mi pecho arde, siento ansiedad que antes no sentía, y me están gritando hasta los silencios que te necesito. Le susurro al viento cada instante un te amo para que te lo lleve haya donde estés y no olvides así que no dejo de amarte y te envío en cada estrella un sueño, que vuelva a ver esa sonrisa, esos labios, esos ojitos y esa nariz. Que vuelva a sentir esas manos acariciándome. Y le pido a la luna que no dejes de amarme aun en la distancia. Porque no puedo, sino estás sólo soy un cuerpo, me siento vacío. Y pienso en cómo lo estarás pasando, si te llegarán las cartas que te escribo y en lo orgulloso que estoy de ti, y en lo que me haces sentir. Pero se acabo, esta es la última que escribo. Sí, ni una más. No puedo quedarme más aquí. Mañana cogeré el primer vuelo que salga. Por favor, espérame.

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